Pocos rincones de un hogar ofrecen tantos datos (evidentes y secretos) de su dueño como la biblioteca. Las estanterías son ese lugar al que uno se acerca instintivamente cada vez que pisa una casa desconocida en busca de alguna pista sobe las manías, las obsesiones y los gustos de su morador. Son el espejo de su subconsciente, las huellas de su vida. O, al menos, hasta ahora.
La cultura institucional reposa sobre un esqueleto cada vez más adelgazado. A la supresión del Ministerio -rebajado a la condición de Secretaría de Estado dependiente de Educación, Cultura y Deporte- se ha sumado una nueva medida de alto valor simbólico y aún desconocido ahorro presupuestario: la eliminación de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas, que en las últimas dos legislaturas gestionó Rogelio Blanco. Sus tres grandes áreas, además, han sido desgajadas y añadidas a dos departamentos distintos.
La desaparición de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas de la nueva Secretaría de Estado de Cultura, incorporándola a una Dirección General de Industrias Culturales, es para la Asociación Colegial de Escritores (ACE) "una evidente agresión a los sectores más indefensos de la creación literaria, los autores, considerándose a los creadores como ajenos a una industria que sólo tiene razón de ser por los contenidos: precisamente las obras de los escritores".
Este año será recordado en la industria editorial como el inicio real de la era digital. La llegada de los gigantes Amazon y Apple, la toma de posición de La Casa del Libro con su dispositivo (Tagus), la incursión de editoriales como Debate, Planeta y Ediciones B en el ámbito online con sus propios sellos digitales, más otras iniciativas independientes (la plataforma Librosinlibro.com, o la editorial Musa a las 9) determinan el cambio de rumbo. No obstante, entre los usuarios aún no ha calado el libro electrónico.
Libros, café y tertulias literarias. Todo en el mismo espacio y con una amplia variedad cultural. Son los nuevos locales de vanguardia donde los títulos literarios se pueden adquirir mientras se desayuna, almuerza o se asiste a talleres y reuniones relacionadas con el mundo de la literatura.
Hoy la agencia del ISBN ha comenzado a cobrar a todos aquellos editores y autores que quieran publicar libros. Este servicio, que antes dependía del Ministerio de Cultura y era totalmente gratuito, fue transferido a la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) hace un año. Entonces la Federación anunció que no tenía previsto cobrar, pero muchos editores ya se lo imaginaban.
Contenidos digitales de fácil acceso y sin DRM (digital rights management) y precios un 40 por ciento más bajos que en papel son la señas de identidad de la 'librosinlibro.es', una plataforma de comercialización de contenidos digitales impulsada por tres pequeñas editoriales.
"Si logras hacer algo que sea sencillo, fácil, barato y con calidad, no hay que temer a la piratería", afirma el editor de Rey Lear y Reino de Cordelia, Jesús Egido. Sus compañeros en esta aventura digital son Eduardo Riestra, de Ediciones del Viento y José Ángel Zapatero de Menoscuarto.
Las librerías españolas están resistiendo la crisis mejor que otros sectores de la economía, aunque sus ventas medias de libros descendieron de los 630.181 euros de 2009 a los 590.951 euros de 2010, es decir, un 6,2%.
Esta es la principal conclusión de la última entrega del Sistema de indicadores estadísticos y de gestión de la librería en España, con datos correspondientes a 2010, presentado hoy en la Feria Internacional del Libro, LIBER, en un acto en el que se trató de contagiar optimismo a los libreros, porque el sector vive "un momento de estabilidad a la baja".
El premio Nobel de Literatura José Saramago escribió Claraboya a principios de la década de 1950, cuando tenía 30 años. Pero los editores a los que consiguió acercarles la novela no quisieron publicársela. Ofendido, ingresó en un silencio creativo que duró dos décadas. Mucho después, los editores sí quisieron publicarla, pero el que se rehusó fue él. Ahora, a un año de su fallecimiento, el libro verá la luz.
Antonio Gamoneda le bautizó como "el inspector de bibliotecas". Desde 2007, el periodista Jesús Marchamalo visitó las casas de 20 autores. Husmeó con libertad en sus estanterías: "No hubo que embaucar a nadie, incluso gente famosa por su privacidad se mostró dispuesta, había una voluntad expresa de hablar de libros". Disfrutó como un niño. Esas incursiones -varias publicadas en Abc- se recogen ahora en Donde se guardan los libros (Siruela).